Jueves a la noche, lindo momento para cenar afuera.

Debo confesar que, a priori, tengo bastante reparo de aquellos lugares en los que -para entrar a comer- hay que completar una membresía, aparecer en un listado confeccionado vaya uno a saber por quién o esperar a que se sortee la lotería de fin de año y si el número que sale termina en cero, entonces iré a parar -sin escalas- a una lista de espera que, luego de ciertos formularios correctamente rellenados, me darán la chance de que -quizás- sea revisada mi solicitud para poder acceder a la invitación.

Bromas aparte, esto era algo parecido, pero no tan complicado. Recibí un correo cuyo asunto rezaba: “Hoy cocina el Capitán”. Desde el título me llamó la atención. Completé la solicitud y, al día siguiente, me dijeron que el jueves posterior tendría mi lugar asegurado.

Se trata de un restaurant que atiende en una casa particular, pero no cualquier casa. Una casa que, inmediatamente, me transportó a mi infancia, a mi propio hogar.

Un patio lleno de plantas, un televisor con la llave circular para pasar canales (en esa época había cuatro o cinco) y el recuerdo de alguien pidiendo que otro se pare para cambiar la sintonía. Ni hablar de que la antena estaba, por lo general, en el tanque de agua en la terraza y, dos por tres, un “valiente” tenía que trepar a lo alto para ajustar la imagen de modo que Silvio Soldán no saliera dos veces como un fantasma.

Por lo demás, un ambiente interno que sería el comedor de la casa y, al fondo, la cocina.

Nos decidimos por sentarnos fuera, por un lado, porque se podía fumar y, por otro, porque había unas sillas con tapizado de cuerina que eran, salvo por el color, idénticas a las de la casa de mi tía. Más y más recuerdos.

El mozo que nos atendió, muy amable por cierto, nos indicó que se trataba de comida casera, con un toque gourmet  y muy variada, ya que tienen carnes rojas, pescados, pastas, etc.

De entrada, atacamos con unas ancas de rana a la romana, que técnicamente consiste en pasar primero por harina, luego por huevo batido y sumergir en aceite a buena temperatura (180°C). Le sumamos a esto una ensalada de verdes+brie+pera tibia+garrapiñadas, que le dieron el toque dulce y de crocantes que esta preparación necesitaba.

¡Primer cañonazo de salva para El Capitán!

Seguimos con una trucha rellena de salmón rosado, grillada y con acompañamiento de arroz al estilo árabe, montado con brotes de soja. Un verdadero deleite a todos nuestros sentidos.

¡Segundo cañonazo de salva para El Capitán!

Y para completar la faena, nos descarrilamos con un volcán tibio de dulce de leche con helado de crema americana… ¡wow!

Todo bien regado con un malbec que, por tratarse de una casa en un barrio de esta ciudad, no podía tener un nombre más indicado que “Perro callejero”, muy, muy recomendable.

Para el cierre, dejo que los precios son más que accesibles en función de la cantidad y calidad que comimos y bebimos.

Nos fuimos contentos con la panza llena y bien valió el tercer cañonazo de salva que cerró el festejo culinario de este Capitán.

Hoy cocina el Capitán

Bahía Blanca 1847

Reservas: [email protected]

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Me llamo Walter Petina, soy argentino, porteño y tengo 48 años. Tengo una hija de 12 años que sin dudas es el máximo logro de mi vida. Se llama Miranda (como el personaje de la “Tempestad”, de William Shakespeare) y, más allá de que sea mi hija, es un ser humano increíble. De chico y gracias a mi viejo, conocí el valor del trabajo y cómo llevar adelante un negocio. Desde hace casi veinte años, soy empresario en el sector del software y el hardware, y dediqué prácticamente toda mi vida laboral a la comercialización de productos. Trato, todo el tiempo, de mantenerme incentivado con nuevos proyectos, porque pensar y hacer nuevas cosas me trae la energía que necesito para levantarme todos los días muy temprano y con muchas pilas. Este blog es un nuevo desafío que encaro con la misma voluntad y dedicación que todo los otros. ¡Gracias!

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