¿Después de la Plaza qué?

La Plaza estaba llena. Otra vez.  Y, sin embargo, algo no era igual.

Madres, hijos, nietos. Pañuelos, consignas, memoria.
Una escena que, durante años, no necesitó explicación.
Era parte de un acuerdo. De esos pocos que parecían no discutirse.

Caminé entre la gente con una sensación conocida y, al mismo tiempo, distinta. No era solo la emoción de estar ahí. Era algo más difícil de nombrar. Como si esa imagen —tan potente, tan cargada de historia— ya no alcanzara por sí sola para ordenar lo que nos pasa.

Porque hubo un tiempo en que esto era una política de Estado. No en el sentido partidario, sino en algo más profundo: una base común desde la cual discutir todo lo demás. Una línea que no se cruzaba. Un acuerdo mínimo que funcionaba como piso.

Hoy ya no es tan claro.
Lo que antes ordenaba, ahora también divide.

No es que la memoria haya perdido valor. Es que el presente dejó de encontrar en ella una forma de organizarse. Y entonces la pregunta aparece, inevitable: ¿en qué momento dejamos de entender lo que nos pasaba?

Hace poco tuve la oportunidad de leer  La época de las pasiones tristes de François Dubet. Hay una idea que me quedó resonando desde entonces: las sociedades actuales no están dominadas tanto por la pobreza como por la percepción de injusticia. No es solo lo que falta. Es la sensación de que las reglas no son iguales para todos. De que el esfuerzo ya no garantiza nada. De que hay algo en el sistema que dejó de cerrar.

Esa percepción —más que cualquier indicador económico— es la que va moldeando el clima social. Y cuando se vuelve persistente, cuando deja de ser episódica para transformarse en experiencia cotidiana, empieza a producir algo más profundo: enojo, frustración, resentimiento.

No siempre se expresa de manera ordenada. No siempre encuentra palabras precisas. Pero está. Circula. Se acumula.

Y ese malestar necesita una forma de decirse.

Cuando la política no logra nombrarlo, aparece en otro lado.
A veces en discursos más simples. Más duros. Más directos.
A veces en formas que incomodan. Que rompen códigos. Que desbordan.

No porque la sociedad se haya vuelto necesariamente más violenta, que lo está, sino porque encontró en ese lenguaje una manera posible de canalizar lo que no estaba siendo escuchado.

Ahí es donde algo empieza a cambiar también en el modo en que creemos.

Gianni Vattimo, en Creer que se cree, plantea que vivimos en una época en la que las verdades fuertes se han debilitado. Ya no creemos como antes, pero tampoco dejamos de creer. Creemos de otra manera. Más fragmentada. Más consciente de sus propias contradicciones.

Tal vez por eso la evidencia dejó de ser decisiva.
No porque haya desaparecido, sino porque dejó de ocupar el centro.

Lo que está en juego ya no es solamente la verdad, sino la necesidad de sostener una interpretación del mundo que nos permita habitarlo.

En ese contexto, la creencia deja de ser una conclusión racional y pasa a ser, en gran medida, una forma de pertenencia. Una manera de ordenar lo que sentimos, incluso cuando no termina de cerrar del todo.

Y entonces aparece algo que, visto desde afuera, parece incomprensible.

Personas que sostienen ideas que incluso pueden perjudicarlas.
Discursos que se aceptan aún con contradicciones evidentes.
Relatos que se imponen por sobre hechos que, en otro momento, hubieran sido determinantes.

Pero tal vez la clave no esté en la racionalidad de esas decisiones, sino en su capacidad de dar sentido a un malestar que nadie más estaba logrando interpretar.

En ese cruce —entre frustración acumulada y pérdida de certezas— se fue configurando el presente.

No como un accidente.
No como una anomalía.
Sino como el resultado de un proceso largo.

Años de promesas que no se cumplieron.
De discursos que dejaron de explicar la vida cotidiana.
De una política que, de a poco, fue perdiendo su capacidad de representar.

En ese vacío, cualquier lenguaje que lograra nombrar el enojo empezaba a ganar terreno.
Aunque fuera incómodo.
Aunque fuera exagerado.
Aunque fuera, incluso, contradictorio.

Porque cuando lo que está en juego es el sentido, la coherencia interna de un relato pesa más que su consistencia con la realidad.

Por eso la Plaza de este 24 no es solo memoria.
Es también una pregunta.

¿Qué nos sigue uniendo?
¿Qué de todo aquello que parecía común todavía lo es?

Entre la multitud, en medio de las consignas y los abrazos, apareció también otra escena. Más pequeña, más íntima, pero no menos significativa. El encuentro con compañeros de ENAC. El mediodía compartido, la mesa, la charla, la sensación de estar entre pares.

En un contexto atravesado por la incertidumbre y el desgaste, ese espacio funciona como un refugio. Un lugar donde arroparse de la malaria externa sin tener que explicarla demasiado. Donde no hacía falta traducir el malestar porque era, en gran medida, compartido.

Hay algo en esas comunidades —en esos vínculos que se sostienen más allá de las coyunturas— que todavía opera como faro. No porque tengan todas las respuestas, sino porque ofrecen algo que hoy escasea: contención, reconocimiento, una forma de no estar solo frente a lo que pasa.

Tal vez sea ahí, también, donde haya que mirar.

Porque si el problema no es solo económico ni exclusivamente político, sino también emocional y simbólico, entonces la salida difícilmente venga de una única dimensión.

Tal vez el desafío no sea volver atrás, sino reconstruir hacia adelante.

Un país que no funcione solo como suma de trayectorias individuales, sino como un proyecto compartido.
Donde el trabajo vuelva a tener sentido.
Donde el mercado interno recupere su lugar como motor.
Donde la política pueda volver a representar algo más que intereses fragmentados.
Y donde el punto de partida —el mínimo indispensable— sea que nadie quede afuera de lo básico.

No como consigna, sino como condición.

Porque si algo mostró la Plaza es que todavía existe un nosotros.

No del todo roto. No del todo perdido. Pero sí tensionado, discutido, frágil.

Y eso es, al mismo tiempo, una oportunidad y un riesgo.

La oportunidad de reconstruir un sentido común que vuelva a incluir, que vuelva a ordenar, que vuelva a ofrecer algo más que enojo como horizonte.

Y el riesgo de que, si no lo hacemos, ese mismo “nosotros” termine siendo apropiado, resignificado o directamente vaciado hasta convertirse en otra cosa.

Porque las sociedades no dejan de creer.

Pero cuando pierden la capacidad de construir algo en común, terminan creyendo en lo que pueden.

Aunque eso, muchas veces, las termine alejando todavía más de aquello que necesitan.

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