
El reciente triunfo de la Selección Argentina frente a Egipto por los octavos de final de la Copa del Mundo nos devolvió, aunque sea por unas horas, ese orgullo colectivo y esa mística de Patria que el día a día parece habernos arrebatado. Ver a un pueblo vibrar al unísono bajo los colores de la bandera demuestra que el espíritu de equipo, el esfuerzo compartido y la búsqueda de la gloria no son conceptos abstractos, sino pasiones vivas en el corazón de nuestra gente. Sin embargo, resulta doloroso contrastar esa euforia deportiva con la apatía generalizada con la que, a nivel social, parecemos tolerar la pérdida sistemática de derechos económicos y sociales a la que este gobierno nos somete cotidianamente. Mientras gritamos un gol con el alma, permitimos en silencio la destrucción del mercado interno y el ahogo de quienes producimos el valor real del país.
Este 9 de julio nos encuentra en una encrucijada histórica que nos obliga a redefinir el significado de la soberanía. Como empresario de una micropyme, sé perfectamente que no hay independencia económica posible si el Estado abandona su rol regulador y permite que el entramado productivo local sea asfixiado financieramente en beneficio del capital especulativo y las corporaciones transnacionales. Festejar la libertad de 1816 resulta un ejercicio de hipocresía técnica si hoy aceptamos pasivamente las cadenas de un modelo que desmantela el presupuesto educativo, debilita laboratorios estratégicos como el INTI y nos condena a ser meros espectadores de la tecnología extranjera. Para que la Patria tenga un sentido real en las comisiones de las fábricas y en las góndolas de los barrios, la discusión debe anclarse de manera urgente en transformaciones estructurales innegociables: una redistribución equitativa a través de una reforma tributaria progresiva que grave la renta financiera extraordinaria, y una reforma judicial profunda con jueces que protejan el patrimonio nacional frente al avance de los monopolios.
La gran enseñanza que nos dejan los deportes es que ninguna victoria se construye desde el individualismo ciego o el sálvese quien pueda que pregona el paradigma tecnocrático actual. Así como la Selección necesita de la articulación de cada uno de sus jugadores para quebrar las defensas rivales, la reconstrucción de la Argentina requiere un pacto de desarrollo nacional sustentado en la solidaridad y la justicia social. No podemos pretender ser una gran Nación si consolidamos una matriz de exclusión donde el cierre de empresas ya supera los niveles de la propia pandemia y se destruye el saber-hacer de nuestra gente ante la apertura comercial abrupta. El verdadero desafío del año es trasladar esa inteligencia colectiva de la cancha a la economía real, defendiendo la educación pública de calidad y los salarios de los trabajadores como el verdadero motor del consumo y de la competitividad interna.
Hoy, en pleno aniversario de nuestra Declaración de la Independencia, es hora de despertar del letargo y liberarnos de las ataduras externas que pretenden subordinar nuestra dignidad al frío cálculo fiscal. El mejor homenaje que podemos hacerle a los héroes de nuestra historia y a las mayorías productivas es pasar de la efeméride abstracta a la acción política y social concreta para defender el trabajo argentino. No nos conformemos con la foto del almanaque ni con el festejo efímero de noventa minutos de fútbol; el entramado productivo que sostiene el tejido social está al límite y requiere que juguemos el partido más importante de todos. El momento de convocar a los sectores productivos, actuar con coraje de cara a la Patria y unir esfuerzos para conquistar la definitiva independencia es ahora.

