
La encontré un martes, buscando otra cosa. Buscaba la garantía del televisor, que dejó de funcionar sin previo aviso y que, aunque ya venció, sigue en el cajón como todo lo que uno no se anima a tirar. Debajo de una carpeta de papeles que nunca ordené, apareció un rectángulo de cartulina con las esquinas desgastadas. Lo di vuelta sin pensarlo, con el gesto de quien da vuelta una foto para ver si trae fecha. Atrás no había nada. Ni una dedicatoria, ni una dirección, ni un “te extraño” escrito en una letra que no es la mía. Solo el casillero vacío para la estampilla que nunca compré, porque la postal no era para mandar. Era para llevarme.
Del lado de adelante, un árbol. Después, todo lo demás.
Me senté en la silla giratoria, la que rechina cuando el peso se reparte mal, y me quedé un rato con la cartulina en la mano. Tiene un cerco de grasa en una punta, de un dedo mío o de un dedo de 2013, que a esta altura es lo mismo, y ese olor a cajón cerrado que es el olor del tiempo cuando no lo airean. Afuera, en la calle, la vorágine del tránsito de mi cuadra que tienta al bocinazo. Sonó el teléfono sobre el escritorio, la pantalla se prendió con un número desconocido, lo dejé sonar. Hay un momento, creo que lo conocés, en que un objeto chico te corta la jornada con la prolijidad de un cirujano y te deja ahí, expuesto, con el mate frío y el recuerdo entrando sin pedir turno.
La compré en mi último viaje a París, en 2013, con un pasaporte que ya conocía los sellos de las dos veces anteriores. Me costó un euro, o dos. Hoy esa diferencia me parece un dato de enorme importancia y no puedo recuperarlo.
París es la única ciudad que me dio la impresión de haber terminado de ocurrir y de saberlo. Las otras ciudades siguen pasando, se mudan, se reforman, se llenan de torres de vidrio y de aplicaciones de transporte. París, en cambio, tiene la calma de un paciente que ya recibió el diagnóstico y decidió vestirse bien para la consulta. Todo está donde estaba. El Sena con su color de café con leche aguado. Las ventanas con balcones de hierro del ancho de un zapato. Las panaderías, que a las siete de la mañana largan un olor a manteca caliente que es lo más parecido a una promesa que vi en un espacio público. La llovizna que no moja pero acompaña. Y una melancolía que no es tristeza (la tristeza tiene causa y tiene fecha), sino una luz baja que acompaña a todo el que camina por ahí y que nadie recuerda haber pedido.
La palabra para lo que siento es “nostalgia”, y me gusta que sea griega y que sea literal: nostos, regreso; algos, dolor. El dolor del regreso. No dice del lugar, dice del regreso: lo que duele no es París, es no volver. Y lo curioso es que yo en París estuve tres veces, y entre las tres no llegué a un mes. Con ese tiempo no se construye una nostalgia, se construye a lo sumo una anécdota. Pero la nostalgia no guarda proporción con el tiempo vivido: crece sobre lo que uno no alcanzó a ver.
Tres viajes, y todavía hoy me alcanza con cerrar los ojos para que vuelvan los olores antes que las imágenes. El de la lluvia sobre el empedrado, que huele a piedra mojada y a metal. El de las castañas asadas en una esquina, el del tabaco que se queda pegado en la ropa, el del río a la tarde, verde y frío, con algo de barro y algo de hojas. Y las calles, que recuerdo más con el cuerpo que con la vista: la pendiente de la rue Mouffetard que hace doler las pantorrillas, las escaleras de Montmartre que nunca terminan de subir, el tramo de la orilla del Sena donde los vendedores de libros usados abren sus cajones verdes y los cierran con un candado diminuto.
Esa es la parte que me desarma: lo poco que duró y lo mucho que quedó. Entre los tres viajes no sumo ni un mes, y sin embargo conservo mejor el recorrido de una tarde en París que el de cualquier semana del año pasado. Acá los días se parecen entre sí y se borran. Allá cada uno tenía un olor, una pendiente, un color de cielo. De un día cualquiera de este año no recuerdo nada. De una tarde en la Île de la Cité me acuerdo hasta de la temperatura de las manos.
Shakespeare and Company queda en el quinto distrito, en el Barrio Latino, en el número 37 de la rue de la Bûcherie. Está a metros del Sena, en la orilla izquierda, y muy cerca de Notre-Dame, tan cerca que la catedral funciona como el cartel que el local no necesita: uno la ve, cruza, dobla y ahí está. Yo la vi entera, con la aguja que levantó Viollet-le-Duc en el siglo XIX todavía en su lugar y el entramado de roble medieval del techo, al que le dicen “el bosque”, intacto sobre las bóvedas, con la distracción de quien mira un monumento que va a estar siempre. El 15 de abril de 2019, a las seis y dieciocho de la tarde, se prendió fuego el ático. La aguja cayó a las siete y cincuenta y tres. El 7 de diciembre de 2024 hubo una ceremonia de reapertura y al día siguiente abrió al público, cinco años y ocho meses después. La gente que la visita hoy ve una restauración impecable de algo que yo vi sin restaurar. No sé si eso me da algún derecho. Me da, a lo sumo, una fotografía mental con fecha, de esas que no valen nada y sin las cuales uno no puede vivir.
Si uno busca el lugar de los libros en París, lo encuentra porque ve gente parada con la cabeza levemente inclinada y una paciencia que en ningún otro lugar de la ciudad se ve. Adentro hay pasillos de un metro de ancho, escaleras que giran sobre sí mismas, libros hasta en el techo, un olor a papel que alguna vez fue árbol y se acuerda.
Los datos los busqué después, con la obstinación de quien necesita saber quién estuvo antes. La abrió en 1951 un estadounidense llamado George Whitman, nacido el 12 de diciembre de 1913 en East Orange, Nueva Jersey, que había llegado a París en 1946 en un barco, para trabajar en un campamento de huérfanos de guerra, y que cuando el campamento se disolvió se anotó en la Sorbona para estudiar civilización francesa. Alquiló un local de la Bûcherie que había sido, dicen, un almacén de comestibles, y lo llamó Le Mistral. Un nombre de viento, para un negocio de libros en inglés. Recién en 1964 le puso el que tiene hoy, en homenaje a otra librería, la de Sylvia Beach, que abrió en 1919, primero en la rue Dupuytren y desde 1921 en el número 12 de la rue de l’Odéon, y que en 1922 publicó el Ulises de Joyce cuando otros no se animaban. Beach la cerró a fines de 1941, con los alemanes en la ciudad. Murió el 5 de octubre de 1962, a los setenta y cinco años. Whitman esperó dos años, tomó el nombre (que no es un robo, es una herencia) y eligió para el cambio una fecha que a mí me parece perfecta: los cuatrocientos años del nacimiento de Shakespeare. Decía que el nombre era una novela en tres palabras.
Hay una parte que me hizo leerlo todo, y es la de las camas. Desde 1951 pasaron por ahí unas treinta mil personas que durmieron entre los estantes, en rincones armados con colchones, a los que llaman tumbleweeds, esas matas rodadoras del desierto que el viento arrastra de un lugar a otro. Las reglas, según cuentan, son tres: ayudar en la librería, leer un libro por día y escribir una página autobiográfica que queda en el archivo. Los domingos, Whitman les hacía panqueques. Y arriba de la entrada de la biblioteca hay una frase que uno no espera de un comercio: Be not inhospitable to strangers lest they be angels in disguise, “no seas inhospitalario con los extraños, no vaya a ser que sean ángeles disfrazados”. Su divisa era otra, más corta: dar lo que se puede, tomar lo que se necesita. Lo pensé en términos de hotel y no cierra. No es alojamiento, es un trueque: uno recibe una cama y deja una página de su vida. El archivo de esa librería debe ser la colección más extraña de autobiografías de una página que existe.
Whitman murió el 14 de diciembre de 2011, a los noventa y ocho años, en el departamento que estaba encima de la librería. Murió en el piso de arriba de su obra. Su hija Sylvia, que ya la manejaba desde hacía unos años, se quedó con todo, y en 2015 abrió un café en el garaje abandonado de al lado. Hoy se puede tomar un café en un lugar que durante tres décadas fue un hueco.
Por algo, cuando me dijeron que “parte de lo que queda del amanecer” sucede en esa librería, entendí perfecto. Antes del amanecer (1995) cuenta una sola noche: un estadounidense y una francesa que se conocen en un tren de Budapest a Viena, bajan juntos y caminan la ciudad hasta que sale el sol. Se despiden en la estación sin intercambiar teléfonos y quedan en encontrarse en el mismo lugar seis meses después. Antes del atardecer (2004) arranca nueve años más tarde, y arranca ahí, en Shakespeare and Company: él, que ahora es escritor, presenta una novela, This Time, inspirada en aquella noche; ella aparece al final de la charla. Él tiene una hora antes de salir para el aeropuerto. Hacen lo que hacen los que llegan tarde a una cita con su propia juventud: caminan por París, toman un café, suben a un barco por el Sena, se cuentan lo que fueron haciendo con sus vidas, y descubren que a aquella cita solo fue él: ella no pudo, porque se murió su abuela y tuvo que ir al funeral. La película dura ochenta minutos y transcurre en tiempo real, es decir que lo que se pierde se pierde mientras uno mira. Yo vi la primera siendo joven y la segunda cuando ya no lo era. En la primera, el amanecer es lo que viene después de la noche. En la segunda, el amanecer es lo que queda de ella: una luz diagonal, cuando ya no hay con qué.
Esa librería es el último lugar del mundo donde yo creería que algo todavía puede empezar a las seis y media de la mañana. Y no me hago ilusiones. Sé que es un local con caja, con empleados, con turistas que entran de a diez y le sacan fotos al cartel. Pero ese local, igual que una iglesia, vive de que alguien crea que es otra cosa.
Vuelvo a la foto.
Está tomada en primavera, eso se ve en el árbol de la izquierda, un cerezo que ocupa media postal, de ramas negras y flores rosadas tan densas que tapan el cielo y se pegan al frente del edificio, una nevada de otro color. Atrás, la fachada blanca de la librería, con su letrero amarillo, SHAKESPEARE AND COMPANY, en letras de imprenta antigua. Los postigos verdes con pizarrones donde alguien escribió, con tiza, algo que a esta distancia parece un menú o un poema. Una guirnalda de luces apagadas cruza la calle de punta a punta, porque a nadie se le ocurre sacarla. Arriba, un balcón con tres macetas. Al costado, una vidriera con libros viejos que cobran más por viejos que por libros. En la puerta, pegado con cinta, hay un cartel blanco que de lejos parece un aviso de mudanza y de cerca es un homenaje: In fond memory of George Whitman, 12 de diciembre de 1913, 14 de diciembre de 2011. Por ese cartel sé que la foto es posterior a su muerte, lo que cuadra con mi último viaje, cuando la librería ya había hecho el duelo y seguía abierta.
Y la gente.
Hay un hombre a la izquierda, con saco oscuro, camisa celeste y una corbata roja que es lo más argentino de la imagen: la corbata del que nunca se la saca. Camina como quien llega tarde a algo que va a salir mal. Yo diría que es un farmacéutico de Lyon, de esos que miran un prospecto con la misma devoción con que otros miran a una mujer, y que está pasando por ahí de casualidad, porque el tren a su casa sale en una hora y no sabe qué hacer con ella. Se va a ir sin entrar, y esa va a ser la anécdota de su vida: la vez que pasó frente a Shakespeare and Company con una hora libre y no entró.
Más cerca del cerezo, sentada en el banco, hay una mujer con un tapado amarillo, leyendo. Es el amarillo más vivo del cuadro, y no por casualidad: es la que menos necesita estar ahí. Hace años que viene los jueves. Es traductora de manuales para una empresa de electroingeniería y lee una novela de otro siglo mientras espera que un cliente le conteste un mail. Nadie en su familia sabe que existe un lugar donde ella no traduce nada.
Al lado, en el otro banco, hay dos más. Ella, con una blusa blanca y un sombrero de paja, mira hacia un costado con cara de que acaba de oír algo que no debería haber oído. Él, barbudo, con ropa negra, está cruzado de piernas con algo que se parece a una cámara de fotos entre las manos, sostenida como si fuera un animal que tuviera que mantener quieto. Hace tres semanas que no se hablan, pero siguen viniendo juntos porque cada uno cree que el otro necesita que lo acompañen. Es la forma más estable de convivencia que conozco: la que sostiene el miedo de quedarse solo del otro.
En el centro, los que ríen. Una mujer alta, de azul, con sombrero, apoya un libro abierto contra el pecho y se ríe con la cabeza hacia atrás, mostrando todo, incluso lo que uno no muestra. A su lado, otra, de pañuelo rojo y sombrero negro, le dice algo como disimulando. Ahí hay una broma que nunca voy a conocer y que, por eso mismo, es perfecta. Más a la derecha, una chica de pelo largo y vestida de negro se agacha con las manos hacia abajo, riendo también: se le cayó algo y no le importa. Podría ser una escena de un cumpleaños. Podría ser una sesión de fotos. Lo sé, claro: está armada. Nadie se junta así en una calle de París; nadie se pone tan bien en el cuadro. Pero la risa es lo único de la foto que no se puede fingir con una cartulina, y yo, que sonrío en las fotos desde hace cuarenta años, reconozco el material genuino cuando lo veo.
Al lado de la chica de negro, un chico de suéter rayado rojo y una chica rubia conversan sin mirarse, con ese tipo de intimidad que solo tienen los que todavía no se acostaron. Delante de ellos un hombre de sombrero y suéter marrón se inclina cerca de los estantes con ruedas que están en la calle, esas bibliotecas de bolsillo sobre carritos, con los libros a la intemperie. Se agacha a hacerle un llamado a un perro negro que está a unos metros y que no parece ser de él. Un labrador o algo con ganas de serlo, con un collar rojo, mirando para otro lado, indiferente al encanto. Es el único que está en París de verdad. Los demás posan. El perro mira lo que pasa afuera de la postal. Si yo tuviera que elegir a quién me parezco, no me quedaría duda.
Paradas en la puerta, dos chicas más con sombrero y bufanda observan, con la distancia de los que ya vieron esta escena demasiadas veces. Y a la derecha, sobre el borde, un tipo de anteojos de sol y saco negro se sienta en un banquito con una guitarra apoyada en la pierna, sin tocarla. Es el que me da más miedo y más ternura. Está esperando que alguien le pida una canción. Lleva años esperando.
Me levanté. Dejé la postal apoyada en un adminículo para dejar papeles que tengo que revisar y que van a quedar allí hasta que decida tirarlos. Abrí el cajón del otro lado del escritorio. La garantía estaba ahí, en la carpeta donde siempre estuvo, con el sello de la casa de electrodomésticos ya borroso. Cuando levanté la vista, el teléfono tenía once llamadas perdidas del mismo número. Lo miré un rato, de pie, con el volumen al mínimo.
Después guardé la postal en el mismo cajón, pero esta vez arriba de la carpeta de papeles.

