
Los lectores de este blog saben de sobra de mi pasión por el cine. No solo por la temática, estética o contenido de un film, sino también por el ritual que conlleva ver cine. Sobre todo en un cine.
Pero ese rito se ha ido degradando conforme avanza la “Voraz mancha del Showtime”. Los años me han hecho, para mi desgracia y especialmente para la de los que me rodean, un ser cada vez más reaccionario a ciertos estímulos y en consecuencia sentarse en una butaca conmigo al lado presupone en algún punto un sacrificio.
No termino de entender qué misteriosa necesidad lleva a casi todo el público a tener que comer y/o tomar durante una función. ¿Qué hace que alguien no pueda permanecer solo atento, qué te digo, ciento ochenta, doscientos minutos, con otra actividad que concentrarse en lo que sucede en la pantalla que tiene delante?.
Esa incomprensión de mi parte se exacerba cuando la película en cuestión no es lo que llamaríamos una “pochoclera”, como es el caso de Amarga Navidad, el último film del inconmensurable Pedro Almodóvar.
En fin, corriendo el balde de pochoclos y la gaseosa cola y saliendo de estos primeros párrafos que perfectamente pueden catalogar de catarsis (repito que cada vez más profunda, conforme arrancamos una nueva hojita en el almanaque) quiero aventurar una reseña del último film del vasto realizador español y de algunas preguntas, con y sin respuesta, que me hice luego de la proyección.
Quienes siguen mis firmas recordarán que hace algún tiempo me tomé el trabajo de delinear Mi Top 5 de películas de Pedro Almodóvar, un ejercicio que hoy me sirve de plataforma para situar el nivel en que considero y aprecio personalmente su obra.
Amarga Navidad no es una película para transitar desde la distancia o el sentimentalismo plano. Tras su polarizante paso por el Festival de Cannes (con el clásico aplauso cerrado de pie a su director y principales figuras), el cineasta nos regala una experiencia que conmueve y perturba por partes iguales, atrapándonos en un juego de espejos fascinante. Almodóvar construye aquí una deslumbrante muñeca rusa cinematográfica: nos asomamos a la vida de Raúl (Leonardo Sbaraglia), un director que escribe un guión sobre Elsa (Bárbara Lennie), quien a su vez es una realizadora que intenta exorcizar su propio dolor redactando otra película en la desolación mineral de Lanzarote.

Esta obsesión por el desdoblamiento nos regala momentos antológicos. Es memorable la escena entre Sbaraglia y Aitana Sánchez-Gijón discutiendo con el corazón en la mano sobre la idea de filmar para Netflix; un diálogo punzante que resume el abismo entre el romanticismo del celuloide y las implacables reglas de juego del algoritmo contemporáneo.
Para los que vibramos con su filmografía, ver este laberinto donde un creador inventa a otra creadora para hablar de sí mismo es puro Almodóvar en estado de gracia. No necesitamos que nos destripe la trama paso a paso; la fascinación radica en observar cómo estas capas se fagocitan entre sí, desnudando las flaquezas de la creación.
Lejos de cualquier frialdad conceptual, la película entra por los ojos y te atrapa. La caligrafía visual de la puesta en escena es un recordatorio de por qué seguimos yendo al cine a oscuras. El contraste cromático entre los dos mundos es bellísimo: los interiores madrileños —asfixiantes, cargados de esa saturación tan de su universo— chocan de frente con un Lanzarote filmado con una devoción casi mística. La lava solidificada y la hostilidad del paisaje canario se funden de manera orgánica con la psicología de los personajes.
El diseño estético de la película esconde un paralelo demencial en su vestuario. Las prendas de cortes limpios y paletas contenidos que viste Elsa en la isla funcionan como una armadura afectiva traduciendo su colapso en texturas, pero cobran verdadero sentido cuando se las compara con el guardarropa de Raúl en Madrid. Sbaraglia viste una fisonomía estéticamente idéntica a la que usó Antonio Banderas para encarnar a Salvador Mallo en Dolor y gloria.
Es una simetría textil que estremece al espectador atento: al replicar esos mismos sacos, esas mismas camisas y esa idéntica combinación de tonos viscerales pero ya desgastados, Almodóvar nos advierte que Elsa y Raúl visten el mismo uniforme de la pérdida. El manchego no deja puntada sin hilo: los rojos viscerales que antaño estallaban en pasión, aquí mutan hacia tonalidades pasteles, y en algunos casos áridas rimando con la piedra negra de la isla y envolviendo tanto al alter ego madrileño como a la silueta de Bárbara Lennie en una sobriedad dolorosa y fantasmal.

Es en este entramado de capas donde late el verdadero dilema moral que el film nos arroja a la cara. Almodóvar se pregunta si es legítimo saquear los secretos y oscuridades de las personas reales para mantener encendida la maquinaria de la ficción. Ver cómo los personajes tuercen y alteran sus propias biografías para parir un guión que justifique sus heridas provoca una mezcla de fascinación y escalofrío en la platea.
¿Hasta qué punto el artista es un parásito de su propia existencia y de quienes lo rodean? Hay una honestidad brutal en la forma en que el director acepta su propia naturaleza reiterativa; no intenta disimular las cicatrices, sino que las expone abiertamente en la mesa de montaje para que las miremos de frente, convirtiendo el egocentrismo de la autoficción en un acto de rendición absoluta.
Para el espectador que ha caminado junto a Almodóvar durante décadas, Amarga Navidad puede resultar una pieza incómoda, despojada de la vibración melancólica y protectora que nos abrazó por ejemplo en Dolor y gloria. Lejos queda el paroxismo pasional y el melodrama vibrante de clásicos como Todo sobre mi madre o Mujeres al borde de un ataque de nervios; aquí, el director prefiere replegarse hacia la austeridad y el desencanto. No busquen tampoco la sensualidad lúdica de Átame! ni las pasiones retorcidas de La piel que habito.
No busquen aquí catarsis emotivas de manual ni reconciliaciones masticadas para dejar contento al público. La película nos obliga a habitar un espacio íntimo y descarnado, un reporte de daños donde la vida real termina ganándole la partida a los simulacros de la representación. Una obra hermosa, implacable y fiel a las grietas de nuestro tiempo, ideal para paladear en absoluto silencio, bien lejos del ruido de la platea contemporánea.
Ficha Técnica
Título original: Amarga Navidad
Año: 2026
Duración: 111 min.
País: España
Dirección: Pedro Almodóvar
Guión: Pedro Almodóvar
Reparto: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Patrick Criado, Victoria Luengo, MIlena Smit, Quim Gutierrez
Música: Alberto Iglesias. Canción: Amaia
Fotografía: Pau Esteve Birba
Compañías: El Deseo, Movistar Plus+
Género: Drama

