
Río de Janeiro, 17 de agosto de 1932
Lidia,
Te escribo desde una mesa coja, de esas que parecen sostenerse más por obstinación que por equilibrio. Si vieras la pensión donde estamos parando —si pudieras recorrerla conmigo— te reirías primero y después, quizás, te quedaría una inquietud pegada en la garganta, como a mí. Es una casa antigua, de techos altos y ventiladores que giran con una pereza casi humana. Todo transpira: las paredes, las cortinas, las sábanas. Incluso el aire parece usado, como si hubiera pasado demasiadas veces por los mismos pulmones.
Nuestra habitación da a un patio interior donde cuelgan camisas que no terminan nunca de secarse. Hay una mujer —no sé si es la dueña o simplemente alguien que vive acá desde siempre— que canta bajito mientras lava ropa. No es una melodía que yo conozca, pero tiene algo del lamento arrastrado de los tangos. A veces me parece que si me asomara lo suficiente podría reconocer en esa voz alguna historia, como si el idioma no fuera un obstáculo sino apenas una capa más.
Dormimos los cuatro en un mismo cuarto. El contrabajista ronca como si arrastrara muebles, el violista habla dormido en un portugués inventado, y el bandoneonista —que es el más callado de todos— tiene la costumbre de despertarse de golpe, sentarse en la cama y mirar la puerta como si esperara a alguien. Yo casi no duermo, Lidia. No por el calor ni por el ruido. Hay otra cosa.
Anoche tocamos en un bar de los suburbios. Llegamos en un coche que parecía desarmarse en cada curva, atravesando calles que se volvían cada vez más angostas, más oscuras, más ajenas. El bar tenía una luz amarilla, espesa, y un olor a tabaco, a madera vieja y a cuerpos cansados. Cuando entramos, nadie dejó de hablar. Eso me gustó. Es mejor así: que la música tenga que abrirse paso, ganarse su lugar.
Nos acomodamos en un rincón. Apenas empezamos a tocar, algo cambió. No sabría explicártelo bien —vos siempre entendés mejor estas cosas— pero hubo un momento en que el murmullo se acomodó alrededor nuestro, como si nos hiciera espacio sin rendirse del todo. Tocamos tangos que vos conocés, esos que solíamos escuchar en la radio los domingos. Pensé en vos, claro. Pienso en vos en cada compás que no logro cerrar del todo.
En el intervalo salí a fumar en busca de aire. Afuera la noche era más densa que adentro. Había una esquina, apenas iluminada por un farol que cada tanto parpadeaba y parecía a punto de apagarse. Me apoyé contra la pared, encendí el cigarrillo y entonces pasó.
No hubo gritos, o si los hubo no los escuché a tiempo. Vi primero el movimiento: dos cuerpos demasiado cerca, como si fueran a arrancar un baile. Uno vestía una camisa negra, el otro una blanca. Fue rápido, pero no lo suficiente. El de negro hizo un gesto corto, repetido, como si estuviera corrigiendo algo. Después el de blanco se dobló, pero no cayó enseguida. Hubo un instante —te juro que lo hubo— en el que quedó suspendido, como si todavía no terminara de decidirse a caer.
Cuando finalmente lo hizo, la camisa blanca ya no era blanca.
El hombre de negro miró alrededor, no sé si buscando testigos o asegurándose de no encontrarlos. Yo estaba en la sombra pero igualmente retrocedí unos pasos. No me vio, o eligió no verme. Se fue caminando, sin apuro, como quien termina un trabajo y vuelve a su casa.
Me quedé ahí unos segundos más. O minutos. quizás. Advertí el calor del cigarrillo consumiéndose entre mis dedos. El otro, el de la camisa ahora roja, estaba en el suelo con los ojos abiertos. No había sorpresa en esa mirada, Lidia. Eso es lo que más me inquieta. No era miedo tampoco. Era… otra cosa. Como si supiera de antemano que ese era su final.
Volví al bar.
Nadie me preguntó nada. Nadie notó nada. Tomé el violín, acomodé el arco, y seguimos tocando. Mis manos hicieron lo que tenían que hacer. No fallaron. Eso debería tranquilizarme, supongo. Pero mientras tocaba no estaba ahí. O no del todo.
Pensaba en ese hombre. En los dos, en realidad. ¿Qué los llevó a encontrarse en esa esquina? ¿Un robo? No lo parecía. ¿Un ajuste de cuentas? ¿Un encargo? ¿O algo más torpe, más humano, más insoportable? ¿Un asunto de amor, de celos, de palabras dichas en el momento equivocado?
Intenté concentrarme en la música. En la respiración del cuarteto, en el peso del arco, en la afinación. Pero cada nota me devolvía a esa imagen: la camisa blanca manchándose, los ojos abiertos, el cuerpo que tarda en aceptar la caída.
Hay algo que no te dije todavía. Mientras tocaba, en un pasaje lento, creí reconocer en el rostro de ese hombre algo familiar. No a él, claro. No podría. Pero sí una expresión. Algo que vi antes. Quizás en el espejo. Quizás en vos, alguna vez, cuando te quedabas en silencio más de la cuenta.
No sé por qué no dije nada al volver. No sé por qué sigo sin decirlo ahora, más que en esta carta que quizás nunca te llegue. Tal vez porque al nombrarlo lo vuelvo más real. O porque temo que, si alguien más lo sabe, deje de ser solo una escena y se convierta en una historia con consecuencias.
Hoy a la mañana, al bajar a tomar café, pregunté por la calle donde está el bar. La mujer que canta —la del patio— me miró como si no hubiera entendido. Después balbuceó algo en portugués que no alcancé a traducir del todo, pero mencionó la palabra “normal”.
Normal.
Eso dijo.
Tengo que irme, Lidia. Están afinando. El bandoneón ya empezó a quejarse como siempre antes de salir.
No sé si esta noche voy a poder tocar sin que me tiemble la mano.
No sé si quiero.

