TENGO ALGUNOS PRINCIPIOS Y MUCHOS FINALES

Agasajo

Por wpetina
Cuento del día de la madre: una señora sonriente teje en una mecedora, en blanco y negro

El tercer whisky del día y todavía no habían dado las doce.

Marcos lo anotó en el marco de la puerta del baño, con la uña, una muesca más debajo de las de la semana. El marco tenía muescas desde 1994. Delia lo repintaba cada Navidad sin hacer comentarios y él volvía a empezar en enero, con la misma uña y el rigor de un preso que lleva la cuenta de una condena que nadie le dictó.

Hundió la cara en el agua tibia de la pileta y, al incorporarse para mirarse en el espejo, advirtió un corte a milímetros de la nuez de Adán. Medía seis milímetros. Cortó un pedazo de papel higiénico y presionó con dos dedos. El papel se puso rojo en cuatro segundos. Cortó otro. Cortó otro. Cuando la hemorragia cedió, el rollo entero estaba enrollado alrededor de su cuello, once vueltas de doble hoja, y el collarín le daba un aire de párroco de pueblo. Se perfumó encima, y el papel absorbió la colonia y la sangre en partes iguales.

Salió hacia el vestidor.

Día de la madre, pensó. ¿Qué se iba a celebrar?

Llevaba treinta y un años casado con Delia. Tres hijos, un buen pasar, una casa, dos autos, un perro y nada más en el horizonte. Nada más. El horizonte, además, estaba tapado desde 2007 por un edificio de siete pisos que le había quitado el sol a la casa.

Tenía un sistema, por supuesto. Lo había redactado en 1991 en un cuaderno de tapa dura, catorce artículos, y lo había ido enmendando a lo largo de las décadas con lapicera azul. El artículo 4 establecía que Delia debía opinar. El artículo 9 establecía que Delia no debía opinar sobre aquello que no se le hubiera preguntado. Nunca se le preguntaba nada, de modo que Delia observaba, a la sombra, sin decir una palabra, y eso lo sacaba de las casillas. Más de una vez, para que la cosa se entendiera, hubo que ponerse un poco violento. La cosa, hasta el día de hoy, no se había entendido.

—¡Marcos, andá bajando que en cualquier momento está la comida! —le advirtió Delia desde abajo.

Se puso el pantalón azul, abotonó la camisa blanca y se tomó otro sorbo. Había que ver, al fin y al cabo, que todo lo que esa familia había conseguido se lo debían a él.

Día de la madre, pensó. ¿Qué se iba a celebrar?

—¡Marcos, querido! Ya llegaron Juan y Sandra, y tus nietos.

Huevón. Juan, el eterno estudiante: cursaba su séptima carrera, las seis anteriores abandonadas a materias de la graduación, siempre lo mismo, la inconstancia como filosofía de vida. Y Sandra, tan nada como su madre, con una nada más joven y mejor peinada. Ni el menor rastro de ruido de niños, pero él no era hombre de reparar en los nietos.

Abrió la cigarrera grabada con sus iniciales, regalo de Delia en las bodas de plata, y encendió el cuarto cigarro del día. Alpaca, ocho plazas, tapa con bisagra de resorte y en la tapa las letras en cursiva inglesa: M. A. R. Las iniciales de él eran M. R. A. El grabador, un tal Cipriano de la calle Bartolomé Mitre, había invertido dos letras en 1999. Delia lo notó al segundo, cuando ya habían pagado, y decidió no decirle nada. Marcos nunca lo notó, pero dos veces al año, por la mañana, creía sentirse algo menos él mismo, y lo atribuía al clima.

Encendió el cigarro. Las cenizas cayeron al piso, como debe ser.

—Marcos, llegaron Miguel y Clarita.

Ese le salió bastante bien, suspiró. Putañero como el padre, con la misma debilidad por el juego, aunque sin el apellido que lo respaldara. ¡Pelotudo! Y Clarita, Dios mío, apta únicamente para hacer pibes, cuatro hasta la fecha, uno cada vez que a Miguel se le terminaba la plata. Todos viviendo con su billetera, carajo. Sentía un fuego sordo en la garganta, donde el papel le pesaba.

Había algo raro en la voz de abajo. Se repetía. Tenía la misma entonación de siempre, pero con un siseo de fondo que él atribuyó a la edad de ella.

Se sentó en el borde de la cama, que ya no compartían, y se puso las medias. Noches atrás, de vuelta de lo de un amigo, se había llevado puesto con la rodilla el sillón del living. ¡Putaaaa madrrrre! Se enfurecía de nuevo, tal cual, solo de acordarse. Delia, en la mecedora de enfrente, tejía y miraba la tele. La nada misma. Tejía una bufanda, o eso había dicho en 1988, cuando la empezó. Hoy medía cuarenta y siete metros, y ayer también: cruzaba el living, daba una vuelta completa alrededor del sillón, pasaba por debajo de la puerta y se perdía en dirección a la cocina. Cada noche, mientras Marcos dormía, ella destejía el tramo del día; cada tarde lo volvía a tejer. Él nunca preguntó para quién era, ni por qué no avanzaba.

—Marcos, llegó el padre Ignacio. Viene a bendecir el comedor.

Se ajustó los cordones. Se incorporó con alguna dificultad, un hombre grande al que la rodilla, desde la noche del sillón, le avisaba cada vez que cambiaba de nivel. Día de la madre, pensó. ¿Qué se iba a celebrar? Hasta el cura había llegado antes que él. ¿Cuánta responsabilidad había cargado en esos años, para terminar así?

Abrió la puerta del cuarto y bajó el primer escalón.

La escalera tenía un empapelado vinílico lavable, blanco tonal, de rollos de diez metros por cincuenta y tres centímetros, con un relieve de espigas que solo se veía de costado y que a la luz de la tarde producía un efecto de campo recién cosechado. Lo había elegido Delia en 1998. Fue la única decisión de ella que él dejó pasar, porque ese día tenía otras cosas, y a los pocos años se arrepintió y quiso cambiarlo, para lo cual nunca encontró el momento. Un papel de calidad, hay que decirlo. Resistía el paso del tiempo, el humo del cigarro y seguramente algunas otras cosas.

Bajó otro escalón. Miró hacia la mesa del comedor. Estaba vacía. El mantel, planchado. Un solo plato, en la cabecera, con la copa al costado. Ni un hijo, ni un nieto, ni una madre, ni un cura. Silencio completo, salvo por un clic leve, de plástico, que venía de algún lado.

¿Pero cómo es esto? ¡Me apuran y resulta que no hicieron nada! ¡Qué ineficacia! ¡Qué familia de mierda, Marcos!

Sobre la mesa, junto al plato, había un grabador a cassette con una etiqueta escrita a mano: “Llegan”. El cassette acababa de terminar y la tecla de stop saltaba, sola, con un clic. Quizás tenía razón. Quizás era el momento de hacer un cambio, un giro, como alguna vez pensó en cambiar el empapelado blanco de la escalera.

El estampido fue seco, de calibre doce.

Ahora la pared era roja. También el cuadro del halcón, cuyo vidrio estalló y ya no dejaba divisar, al fondo, la casa de Chapadmalal. La camisa blanca, el pantalón azul, los zapatos negros. Todo. Apoyó la mano en la baranda, pero el peso de su propio cuerpo lo impulsó hacia abajo. Aterrizó en el descanso con el vaso de whisky hecho añicos. De rojo pasó a blanco y todo se nubló. Con el último aliento sintió que algo se había roto definitivamente. El papel higiénico, empapado, le iba cediendo en el cuello, vuelta por vuelta.

Al pie de la escalera estaba Delia, con su mejor vestido y la escopeta de caza, sonriendo.

Los demás almorzaban desde las 11:30 en la casa de Chapadmalal, la del fondo del cuadro, a la que Marcos había dejado de ir porque el mar le daba mala espina. Estaban todos: Juan, Sandra, los nietos, Miguel, Clarita, el padre Ignacio. La madre de Marcos, cuyas cenizas Delia había hecho retirar especialmente de la bóveda familiar, ocupaba la cabecera, en un jarrón, con vista al agua. Habían pedido lechón. Habían brindado por ella, a la distancia.

Delia apretó stop y el siseo se cortó.

Esa noche, por primera vez desde 1988, no iba a destejer nada.

¿Qué se celebraba? Ah, el día de la madre, pensó.

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