TENGO ALGUNOS PRINCIPIOS Y MUCHOS FINALES

Copago

Por wpetina

La sesión ciento cuarenta y ocho cuesta veintiocho mil pesos, de los cuales la obra social reintegra el sesenta por ciento siempre que el comprobante lleve la firma de los dos miembros de la pareja. Hugo firma primero con su letra y después, apoyando el bolígrafo en un ángulo distinto, con una letra más inclinada que hace tres años eligió para Renata y que ya le sale sin pensar, como una firma propia más.

La puerta de calle no tiene portero eléctrico desde el robo del 4º B en 2019, así que Marisa baja a abrir a cada paciente, uno por uno, con un manojo de llaves que le cuelga de la muñeca con un elástico verde. A los pacientes de más de dos años de antigüedad —una categoría que nadie anuncia pero que todos reconocen cuando llega, como un ascenso silencioso— la licenciada Suárez les hace llegar en algún momento una copia de la llave de la puerta de entrada al edificio, en un sobre blanco sin membrete, y a partir de ahí el criterio para entrar es un pasamanos de confianza: si a Hugo lo dejan afuera, toca el timbre del 3º A, que también tiene copia, antes que interrumpir una sesión ajena tocando el de la licenciada.

El hall tiene piso de mosaico calcáreo hexagonal, gris y bordó, con un dibujo que se repite cada siete piezas y que en algún momento, para alguien, debe de haber sido una decisión estética. Los buzones de metal —doce, uno por timbre, aunque el edificio tiene catorce departamentos porque dos se subdividieron sin avisarle a la administración— conservan apellidos de inquilinos que ya no viven ahí, tapados a medias con cinta correctora o con el nombre nuevo escrito arriba, en birome, sin que nadie se haya ocupado nunca de pedir una chapa como corresponde. El ascensor es un Otis de puertas plegadizas que se acciona sosteniendo el botón —si se suelta antes de tiempo, se frena entre pisos y hay que llamar al encargado— y tiene un espejo con el azogue comido en los bordes donde generaciones de pacientes se han mirado, sin saberlo, camino a la sesión.

El encargado, don Raúl, pasa el trapo los martes y viernes a las ocho de la mañana, en ese orden invariable: primero el hall, después el palier de cada piso empezando por el último y bajando, nunca al revés, porque una vez lo hizo al revés y un vecino del 2º se resbaló, y desde entonces don Raúl lo cuenta como quien cuenta una guerra. Tiene una radio a pilas del año del pedo que dejó definitivamente en la garita después de que se la robaran dos veces de upa del placard, y una discusión abierta hace once años con el 5º B por una bicicleta de mierda que se sigue encadenando en el espacio común pese a dos notas de la administración y una mediación fallida en el consorcio, y que don Raúl resume, cada vez que alguien le pregunta, siempre con la misma frase: “que se la meta en el orto la bicicleta, total el que se parte la cabeza soy yo.”

Marisa ni siquiera levanta la vista cuando le entrega a Hugo el comprobante. Nadie levanta la vista. Ese es, para Hugo, el verdadero milagro del sistema: nadie necesita creer en nada para que funcione. Solo hace falta que los papeles cierren.

Hugo guarda los comprobantes en una carpeta de plástico transparente, ciento cuarenta y ocho hasta la fecha, ordenados por número como quien archiva facturas de un proveedor. Alguna vez pensó en tirarlos. Después entendió que esa carpeta es, en algún sentido administrativo que todavía no termina de entender del todo, la prueba más sólida que existe de que él y Renata siguen siendo, ante cualquier autoridad que pida documentación, una pareja en tratamiento.

Todo empezó de un modo razonable, que es como empiezan las cosas que después no lo son. Renata se fue un martes de julio, dando un portazo,  con dos valijas y un bolso de gimnasio que nunca había usado para gimnasia.

El jueves siguiente Hugo tenía turno con la licenciada Suárez, pedido dos semanas antes, cuando todavía eran dos personas con un problema y no una persona con un hábito. Canceló el turno. Después, mirando la pantalla del teléfono, lo reprogramó. Pensó que iba a ir a explicar que la terapia de pareja había terminado antes de empezar. En la sala de espera, sin embargo, cuando la licenciada Suárez abrió la puerta y preguntó “¿y Renata?”, Hugo escuchó una voz que no era exactamente la suya decir: “Está estacionando.”

Desde entonces, la Voz se ocupa de las respuestas que Hugo no planeó dar.

La Voz no es una metáfora ni una manera elegante de decir “conciencia”. Es un redactor. Trabaja con la precisión de alguien acostumbrado a que le rechacen los primeros borradores: nunca improvisa un reclamo de Renata sin antes calcular si es sostenible en la próxima sesión, si contradice algo dicho tres meses atrás, si el reclamo tiene el peso emocional suficiente para justificar cuarenta y cinco minutos de honorarios. Cuando Hugo llega a upa de un silencio incómodo, la Voz le dicta con el tono de un abogado leyendo una demanda: “Decile que ella dice que vos nunca preguntás cómo le fue, que preguntás cómo le fue al mundo primero.”

—Renata dice que yo pregunto por las noticias antes que por ella —repite Hugo, y la licenciada Suárez anota algo con una satisfacción casi física, como si esa frase confirmara una hipótesis vieja.

Es un trabajo, en el sentido más aburrido de la palabra. Hugo, que factura software para un estudio contable y pasa el día completando planillas que otros van a revisar sin leer del todo, reconoce la estructura: alguien pide un insumo, alguien más lo certifica, y en el medio hay una persona —él— sosteniendo con las dos manos algo que no existe pero que circula igual, con número de comprobante y todo, por el sistema.

Con los meses, los reclamos que la Voz le dicta se pusieron más finos y, al mismo tiempo, más sucios. Ya no alcanza con “pregunta por las noticias antes que por mí”; ahora la Voz redacta reproches con detalle de intimidad conyugal, cosas que la Renata real jamás dijo en voz alta pero que a la licenciada Suárez le suenan verosímiles porque se las dice con la misma vergüenza con que se dicen las cosas ciertas. “Decile que en la cama sos un desastre hace dos años”, le sopla la Voz una tarde de octubre, y Hugo, que sabe que eso tampoco es del todo cierto, lo repite igual, porque negarse a esa altura sería admitir, ciento y pico de sesiones tarde, que viene actuando un monólogo de mierda desde el principio.

La capa que a Hugo no le gusta pensar, la que aparece a las cuatro de la mañana cuando no puede dormir, es esta: no sostiene la mentira por amor a Renata, ni siquiera por costumbre. La sostiene porque es el único espacio de la semana donde alguien —una profesional con matrícula, un título en la pared, una tarifa que sube con el litro de nafta y todo lo demás en el país— lo escucha durante cuarenta y cinco minutos ininterrumpidos. Antes tenía a Renata para eso, después la tuvo a la licenciada Suárez, y entre las dos cosas no hay tanta diferencia como querría creer: en ambos casos paga —con atención, con plata, con las dos cosas— para que una mujer lo mire con seriedad mientras él dice algo sobre sí mismo.

El país, mientras tanto, también sostiene sus propias sesiones inventadas. Hugo lo piensa así, como una nota al pie que se permite en los momentos muertos: gente que firma actas de asambleas de consorcio que jamás se hicieron, gerentes que llenan formularios de “clima laboral” con respuestas que el sistema espera y no las que sienten, parejas reales —de las que efectivamente conviven— que llegan a terapia y actúan una versión editada de su semana, la que van a poder defender frente al otro sin quedar mal. La diferencia entre Hugo y esas parejas, calcula, es apenas de grado. Todos entregan un comprobante. Algunos, además, entregan a la persona.

En el trabajo, Hugo completa planillas de horas facturables que nadie factura del todo, para un cliente que existe pero que nunca va a leer el detalle línea por línea, solo el total. Le llama la atención, cuando se detiene a pensarlo, que esa planilla y el comprobante de la obra social pidan exactamente el mismo tipo de fe: no que lo escrito sea cierto, sino que tenga la forma correcta para que otro, más arriba, no tenga que verificarlo.

El problema llega en marzo, con una circular de la obra social. La Voz se entera al mismo tiempo que Hugo, leyendo el mail parado en la cocina: por un plan de auditoría de prestaciones, un porcentaje de los tratamientos de “terapia vincular” con reintegro será verificado mediante una sesión presencial con ambos miembros, sujeta a control administrativo. Un empleado de la obra social —no un profesional, aclara el mail, “un agente de control”— puede presentarse en el consultorio el día del turno.

Hugo relee el párrafo cuatro veces buscando la salida y no la encuentra. La puta madre, piensa, sin decirlo en voz alta —ni falta que hace, ya nadie más lo escucha pensar. Podría, por supuesto, decir la verdad: son ciento cincuenta y dos sesiones de una novela escrita a dos voces donde él escribe las dos. Pero decir la verdad no es una opción que la Voz maneje; la Voz no tiene libreto para eso, nunca lo necesitó.

Lo que sigue lo resuelve, como casi todo lo que se resuelve en los últimos años, una aplicación en su teléfono inteligente. Se llama Presencia y la usan sobre todo inmigrantes recién llegados que necesitan a alguien que finja ser un familiar en trámites de migraciones, actores que completan la cuota de “figuración con parlamento” del sindicato, y —descubre Hugo en los comentarios, con una mezcla de alivio y vergüenza que no se toma el trabajo de distinguir— hombres o mujeres solos o solas, que necesitan un acompañante para una boda. El perfil de Renata, es decir, el que Hugo arma para pedir una Renata por  encargo, habla de una mujer de entre treinta y cinco y cuarenta años, buena dicción, capacidad de improvisación media, disponible el jueves once a las diecinueve. Paga con la misma tarjeta con la que paga las sesiones, en tres cuotas.

Antes de reservar, Hugo le pregunta a Broggi, el del escritorio de al lado en la oficina, si conoce alguna actriz “para una changa de un par de horas, algo de actuar, nada raro”. Se lo pregunta con el tono con que se piden los datos de un electricista.

—Qué garrón, boludo —dice Broggi, sin preguntar a qué se refiere, porque en esa oficina nadie pregunta nada más—, ni se te ocurra pagar de tu bolsillo, cargala en gastos como hacemos todos con la mierda esta de los viáticos.

Le pasa igual el contacto de una prima que hace extras en publicidades y que resulta no estar disponible los jueves. Hugo vuelve a la aplicación. Es más simple, y sobre todo no le debe una explicación a nadie: la aplicación no pregunta por qué, solo pide la tarjeta.

La mujer que llega se llama Ivana y en el mail de confirmación figura como “talento”. Baja del auto con un vestido azul marino, dos talles ajustado a lo que ella entendió por “algo serio”, una tela que se le pega a la cadera con una honestidad que ningún formulario de la obra social contempla y que, al girarse para cerrar la puerta, deja adivinar por una fracción de segundo la línea de la bombacha. Hugo piensa, con el mismo desapego administrativo con que piensa cualquier otra cosa esa tarde, que la cola de Ivana tiene una redondez de manual, resuelta con una sola curva por algún arquitecto especializado en proporciones, el mismo tipo de profesional que, evidentemente, en cien años nadie contrató para el edificio de la licenciada Suárez.

Hugo la espera en la puerta del consultorio y la invita un momento a sentarse en su auto, estacionado unos metros más adelante.  Lleva una carpeta que preparó como quien arma un legajo: cuatro páginas con datos mínimos —el nombre completo de Renata, su trabajo, el nombre del gato que tuvieron, la fecha del casamiento de la hermana de Renata donde se pelearon por primera vez en público— y, subrayado dos veces, la frase que la Voz repite hace meses y que Ivana debería poder decir sin que suene ensayada: que Hugo pregunta por las noticias antes que por ella.

Ivana lee el contenido de la carpeta sentada en el asiento del acompañante, con la misma cara de concentración que Hugo le vio una vez a un actor de publicidad de un medicamento para las hemorroides, esperando que le avisaran que la cámara estaba grabando.

La sesión dura los cuarenta y cinco minutos reglamentarios y el agente de control —un pelirrojo joven, con una lapicera de la obra social prendida al bolsillo de su camisa mal planchada color tiza, que se presenta como Nahuel y se sienta en un rincón con una planilla— no interviene en ningún momento, salvo para tildar dos casilleros.

Lo que descoloca a Hugo no es la actuación de Ivana. Es mejor de lo esperado, cosa que él atribuye, generosamente, al oficio. Lo que lo descoloca es que en un momento, cuando la licenciada Suárez pregunta “¿y vos qué sentiste cuando él te dijo eso?”, Ivana —que no tiene guión para esa pregunta puntual, que la carpeta no cubre esa escena— se queda un segundo en silencio y después dice, mirando al piso: “Sentí que estaba hablando con la planilla del trabajo, no conmigo.”

No está en la carpeta. Hugo no se lo dictó. La Voz, que hasta ese momento tenía todas las líneas preparadas, no dice nada, y en ese hueco Hugo escucha, por primera vez en tres años, algo que se parece demasiado a lo que hubiera dicho Renata si Renata hubiera seguido ahí para decir cosas.

La licenciada Suárez asiente, satisfecha, y anota. Nahuel tilda el segundo casillero. Ivana, sin que nadie se lo pida, apoya una mano sobre la de Hugo, un segundo, el tiempo exacto que dura un gesto de utilería.

Afuera, en la vereda, Ivana se saca el saco que se había puesto para la ocasión —”algo serio, me pediste, ¿no?”— y lo dobla sobre el brazo con el mismo cuidado con que un delivery pliega la mochila térmica al final del turno. Le pregunta a Hugo si va a necesitarla el mes que viene, porque si es así prefiere que se lo confirme con anticipación, la agenda se le complica.

Hugo dice que sí. No lo piensa; simplemente lo dice, con la misma facilidad con la que durante tres años dijo frases que no eran suyas. Piensa, mientras lo dice, que debería sentir algo parecido a la vergüenza, y que el hecho de que no lo sienta es probablemente el dato más importante de toda la sesión, el único que la licenciada Suárez no va a poder anotar en ninguna planilla.

Esa noche la aplicación le manda una notificación pidiéndole que califique el servicio de Ivana con estrellas y un comentario opcional. Hugo pone cinco estrellas. En el campo de comentario escribe, y borra, y vuelve a escribir y vuelve a borrar.  Tres versiones distintas de una frase sobre lo bien que actuó, hasta que termina dejando el campo en blanco y apretando “enviar” igual. Después toca el ícono con forma de corazón que hay al lado del perfil de Ivana, la agrega a favoritos, y se guarda el turno del mes que viene en el calendario, entre una reunión de trabajo y el vencimiento de la tarjeta.

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