
Las salas de espera de los sanatorios son para mí un lugar de análisis de conductas humanas, probablemente a la par de los cafés que suelo visitar como fuente de observación de personas, que es lo único por lo que vale la pena pasar por el trauma de pretender escribir.
En esta reflexión no quiero dejar afuera, ahora que lo pienso mejor, a las plazas y parques de esta ciudad, pero convengamos que el simple hecho de estar al aire libre dificulta una parte fundamental de este proceso: no podemos escuchar lo que se habla a menos que se den tres variables, aunque no necesariamente conjuntas. La primera sería estar cerca del ser humano a estudiar; la segunda, que la persona tenga un tono de voz elevado; la tercera, que el viento sople para el lado en el que estás, cosa que ocurre a menudo en casa con los recitales en River.
Pero en fin, pongamos el foco en la sala de espera. Esta sala de espera, en la que ya me anuncié con la idea de que me revisen una contractura que tengo entre el cuello y el hombro derecho desde hace ya no sé cuántos días, se encuentra abarrotada de gente, fundamentalmente con cuadros de fiebre, tos y demás agregados propios de la estación que venimos atravesando.
Un rápido paneo por el salón me permite inferir que estoy rodeado de más de cien personas, lo cual hace que empiece a pensar que voy a estar un rato largo aquí sentado.
Siendo así, y después de haber confirmado con la recepcionista que tengo una docena de pacientes por delante, busco una silla vacía y me siento a la altura de la puerta que tiene un cartel que indica “Traumatología”, al que inmediatamente le sigue, debajo, otro que declara: “NO GOLPEAR ESTA PUERTA. AGUARDE A SER LLAMADO”.
Entiendo que esto deviene de cientos y cientos de golpes a lo largo de cientos y cientos de días, en los que la gente, por ansiedad, no puede esperar su turno y quiere saber “cuándo me toca”.
Habiendo pensado esto, y ya sentado en una hilera de cinco sillas, de esas metálicas que están todas unidas por dos tirantes de hierro que en la continuidad terminan siendo sus patas, me quito el abrigo y lo apoyo en mi regazo (una de esas palabras que están olvidadas últimamente pero que suena tan musical que da orgullo cuando uno le encuentra un lugar).
Lo primero que pienso cuando estoy en una situación como esta es “para qué vine”, y hoy, este sábado de comienzos de primavera que, como tantos otros este año, amaneció travestido de invierno, no es la excepción.
Esto no quiere decir que no vuelva al punto de partida: posar mi mirada en el mundo exterior y concentrarme en describir a los hombres, mujeres y niños que cohabitan por estos momentos el espacio conmigo.
“Ese médico es un desastre”, “¡para qué me atendió si no sabe nada, mamá!”. La voz viene de la fila de atrás y se trata de un hombre, al parecer un viejo, que se queja con un tono grave y parsimonioso, a todas luces bajo los efectos de algún medicamento psiquiátrico.
“Estoy harto de esto, me quiero ir a casa. Ustedes tampoco saben una mierda.”
Es bueno a esta altura recordar que no puedo mover el cuello. Estoy en esa silla dura y fría, lo cual me impide girar para ver el rostro del supuesto anciano, además de que darme vuelta me parecería una falta de respeto total.
Para mi suerte, o no sé si tanto, el hombre vuelve a subir el tono, y esta vez la frase ya no va dirigida al médico ni a la madre sino a la sala entera, a la institución, al concepto mismo de turno:
—¡Me dejan para lo último a propósito, para que me muera acá!
Nadie se da vuelta. Cien personas con fiebre tienen otras prioridades, y la principal es no gastar energía en lo que no les corresponde. Yo, que no puedo darme vuelta aunque quisiera, descubro que no hace falta: frente a mí, colgado de la pared a una altura pensada para que nadie lo alcance, hay un televisor apagado, uno de esos de cincuenta pulgadas con la pantalla negra y brillante que, sin señal, funciona como el espejo más caro del sanatorio. Ahí están los dos, un poco curvados por el ángulo, como en una foto sacada desde el fondo de una cuchara.
Resulta que el viejo no es tan viejo. Tendrá sesenta y cinco, sesenta y ocho a lo sumo, una campera inflable abrochada hasta el cuello y el pelo peinado con raya al costado, muy a la antigua, como se peina alguien que no se peina solo. A su lado, más chiquita que la silla que la contiene, una mujer de noventa años largos sostiene una cartera sobre las rodillas con las dos manos, a la manera de quien maneja un colectivo. La madre. El “mamá” es literal, y yo, que había imaginado a un anciano quejándose ante un familiar joven, tengo que reordenar la escena de apuro: el paciente y la acompañante son, los dos, material de geriátrico, y la que está a cargo es la de noventa.
—Ya va, Carlitos —dice ella, sin levantar la voz, sin mirarlo.
Carlitos. A los sesenta y cinco. Hay nombres que no envejecen con su portador: se quedan en la edad en que alguien los pronunció por primera vez con autoridad y ahí se congelan, como la fecha de fabricación estampada en un envase.
La mujer abre la cartera, saca un monedero, saca del monedero una credencial plastificada de la prepaga —la de él, no la de ella— y la revisa a contraluz, como si en las últimas dos horas alguien pudiera habérsela cambiado. Después la vuelve a guardar. Me parece entender que ese gesto, repetido, es toda la gestión de la que es capaz a esta altura, y que le alcanza: la medicina privada argentina, con sus aumentos mensuales atados a la inflación y sus cartillas que se achican como un pulóver lavado con agua caliente, sigue funcionando para esta señora mientras ella tenga un plástico en un monedero dentro de una cartera sobre las rodillas. Tres capas de protección para una tarjeta. Ninguna para el hijo.
La voz de Carlitos tiene esa cadencia arrastrada que en este país reconocemos de oído, como se reconoce la tonada de una provincia: la del clonazepam, que acá se receta con la misma naturalidad con que, cuando yo era chico, el pediatra le decía a tu vieja “dele vitaminas”, aunque vos vinieras con sobrepeso. Tiene la virtud de no apagar el enojo sino de estirarlo, de pasarlo en cámara lenta, de modo que el que lo toma sigue diciendo “estoy harto” pero con el tempo de alguien que dicta una carta. Es una química que no cura nada; administra. Baja el volumen de la angustia al nivel que tolera la convivencia, que no es el mismo que tolera la persona, pero eso no hay laboratorio que lo mida.
En la columna que está entre el televisor y la puerta de Traumatología hay un dispensador de alcohol en gel de plástico ABS blanco, con capacidad para un litro y un sensor infrarrojo que libera, cuando detecta una mano a menos de diez centímetros, una dosis calibrada de ocho décimas de mililitro. Supongo que lo instalaron en 2020, cuando la pandemia convirtió a cada institución en una fábrica de protocolos, y nadie lo sacó después porque sacar algo requiere una decisión y dejarlo solo requiere olvido. El sensor ya no responde a la primera; hay que pasar la mano dos o tres veces, con un movimiento de mago de cumpleaños infantil. La recarga la hace una empresa tercerizada que viene los miércoles, y el gel que usa ahora es más líquido que el original, con un olor a coco sintético que no figuraba en el contrato.
—Me quie-ro ir a mi ca-saaa —repite Carlitos, estirando las sílabas ya sin fuerza, como quien deja un mensaje en un contestador.
Yo también, pienso. Mi casa es lo más parecido que tengo a un sistema cerrado: temperatura conocida, ruidos catalogados, un colchón cuya deformación ya tiene la forma exacta de mi cuerpo, como un molde de fundición. Salir de ahí para venir a una guardia me lleva días de negociación interna, y el arrepentimiento llega siempre con la puntualidad de un débito automático, a los cinco minutos de cruzar la puerta de vidrio, cuando veo la sala llena y entiendo que el dolor que me trajo, comparado con el costo de esperar, no era para tanto. Ahí está lo que me obsesiona: cuál es el umbral de tolerancia al dolor que necesita cada uno para seguir su vida con un índice razonable de normalidad. Debajo del televisor hay un señor de barba blanca que no para de tocarse el cuello, la yema del índice y del mayor sobre el esternocleidomastoideo, presionando y soltando como quien prueba si anda un timbre. Es probable que le duela lo mismo que a mí, y en el mismo lugar. Pero “lo mismo” no quiere decir nada: no hay unidad de medida, no existe un amperímetro que se enchufe en la nuca y devuelva un número. La escala del uno al diez que te ofrece la enfermera es una encuesta de satisfacción del cliente aplicada a la carne. Y aunque el dolor fuera idéntico, lo que para él es “normal” y lo que es “intolerable”, las dos puntas de la escala, están calibrados por una vida entera que no conozco: cuántas veces le dijeron de chico que los hombres no lloran, si tiene un trabajo al que no puede faltar o ya no tiene ninguno, si hay alguien en su casa esperándolo o nadie que note que tardó. Cada uno viene de fábrica con su propio cero y su propio diez, y la guardia es el único lugar donde todas esas escalas incompatibles se ponen en fila para el mismo turno. Me pregunto cuánto aguantó el señor en su casa antes de venir, y si eso lo hace más valiente que yo o simplemente peor informado. La mía, por las dudas, prefiero no medirla. Tengo miedo de que dé un seis.
Me quedo mirando el cartel de la puerta. “NO GOLPEAR ESTA PUERTA. AGUARDE A SER LLAMADO”. Lo escribió, seguramente, alguien de administración con una impresora láser y una hoja A4 que después plastificaron en la librería de la esquina, sin ninguna pretensión filosófica. Y sin embargo es la frase más honesta que leí en mucho tiempo sobre la muerte, sobre la vejez, sobre cualquier cosa que tenga una puerta al final. Miles de golpes a lo largo de miles de días le enseñaron a la institución algo que las religiones tardaron siglos en formular y que tampoco nadie respeta: golpear no adelanta el turno. Solo molesta al que está adentro.
Carlitos, en el reflejo, hace el intento de levantarse. La madre lo sostiene de la manga de la campera, sin fuerza, con dos dedos, y él vuelve a sentarse. No hace falta nada más. Un hombre de sesenta y cinco años contenido por dos dedos de una mujer de noventa: toda la historia de la especie cabe en ese mecanismo, y se sigue repitiendo sin que nadie pregunte cuánta vida útil le queda a la pieza que lo sostiene.
En ese momento alguien enciende el televisor. La pantalla negra se llena de luz y el reflejo desaparece, reemplazado por el video institucional del sanatorio: una familia de cuatro, rubia, en una cocina con isla de mármol, riéndose de algo que no se escucha porque el volumen está en cero. Abajo, en letras blancas, el lema: “Cuidamos lo que más querés”. Me quedo mirándolo, sin poder girar el cuello, porque es lo único que hay para mirar.
La pantalla de turnos, al costado, avanza un número. No es el mío. Según la recepcionista, me quedan once por delante. No sé cuántos le quedan a Carlitos. A la madre, calculo que menos.

