TENGO ALGUNOS PRINCIPIOS Y MUCHOS FINALES

CAPÍTULO II

Por wpetina

La primera parada, al salir del subte, fue el kiosco de la esquina del estudio. Un paquete de Particulares cortos que abrió antes de abandonar el local.

Una calada profunda sin bajar el primer escalón y, luego de exhalar el humo, empezó a desandar el camino que lo depositaría en su escritorio.

Aplastó el pucho en el cordón de la vereda mientras miraba de reojo a un perro que cagaba en el árbol que está en el ingreso al edificio.

-¡Buen día Augusto!- lo saludó Roxana Salomé.

-Doctora- respondió como quien escucha que le hablan mientras tiene la cabeza sumergida en una pileta de natación.

-Fresquita la mañana- continuó con el mismo ímpetu la abogada, pero él ya no se la siguió.

Cuando pudo observar que se había alejado lo suficiente para no tener que viajar en el mismo ascensor, ingresó al edificio.

Por suerte, no estaba a la vista el encargado que se empecinaría en charlar del partido de anoche, que Augusto no vio no solamente por falta de ganas, sino porque -además- Nora se había apoderado del único aparato de televisión del monoambiente.

Ingresó en el elevador que estaba contiguo a la escalera y presionó el 8 con su mano izquierda pese a ser diestro.

Al llegar a la oficina, pasó el mostrador de ingreso, saludó con un “buen día” a los que creía eran Susana, la recepcionista, y Osvaldo, de comercial, y siguió su camino.

-Ahora que lo pienso bien, me parece que esos dos tienen algo- meditó para sus adentros.

Recorrió el pasillo que conectaba todo el piso desde el ingreso hasta la sala de reuniones y, antes de topar con la pared del fondo, giró a la izquierda, bajó los 26 escalones de la escalera caracol, pasó de largo los baños, volvió a girar -ahora a la derecha- y llegó a la puerta de lo que era su oficina: el archivo.

Al cerrar, le vinieron unos deseos desesperados de gritar.  Abrió grande la boca hasta sentir que se le trababa la mandíbula, achinó los ojos, sacó la lengua, pero no emitió un solo sonido.

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