TENGO ALGUNOS PRINCIPIOS Y MUCHOS FINALES

Fragmentos

Por wpetina

Domingo nublado. Con ese cielo del invierno que sin la ayuda de un reloj uno no termina de saber si es de día o de noche. Escribo estas palabras con la intención de que no se esfumen de mi cabeza.

Domingo nublado. Con ese cielo del invierno que sin la ayuda de un reloj uno no termina de saber si es de día o de noche.

Escribo estas palabras con la intención de que no se esfumen de mi cabeza.

Acabo de llegar de un viaje de algún lugar de Europa, del que no tengo mayor precisión.

Me pasaron a buscar por el aeropuerto mi papá y mi mamá, aunque no dispongo de imágenes que certifiquen ese encuentro.

Llegamos a su casa, mi papá me pregunta “¿vas a ir a la cancha?” “Es probable. ¿A qué hora juega?” “A las 7” responde.

Por algún motivo tengo la sensación de que tengo mucho tiempo hasta esa hora.

“¿Las chicas?” trato de averiguar con mi madre. “Están ensayando la obra en su cuarto” “¿Las tres?” indago con desconfianza de la veracidad de lo dicho. “Sí claro” responde con certeza ella.

“Me voy a probar ropa” dice mi vieja “antes de que sea tarde…”

Mi papá desapareció a dormir una siesta aparentemente. 

Antes de partir con rumbo a la cancha me da hambre. Hambre de hamburguesa. Sin hablar con nadie, ni preguntar si alguien quiere en la casa una hamburguesa tanto como yo, estoy dispuesto a salir. Mientras voy caminando por el living en dirección a la puerta de calle, veo salir a mi mamá con el apuro en el cuerpo de alguien que olvidó algo. Por algún motivo me quedo abstraído mirando esa escena. Sube de golpe una escalera que súbitamente apareció delante de mis narices, de madera enorme y suntuosa, similar a la de un museo o un palacio. 

Al llegar a la parte superior se abre un pasillo a un salón cuadrado que descubre tres paredes cada una con una moldura y una guarda horizontal recubierta de pana bordó. En cada pared hay una puerta blanca, blanquísima y de ellas salen tres hermanas rubias que miran a mamá y con un gesto desaprensivo dicen “estábamos yendo a comprar”, “vuelvan a ensayar” dice rígida como siempre mi vieja.

Salgo a la calle, me subo a un auto que desconozco por fuera, pero lo siento mío en su habitáculo. Meto la llave en el arranque y le doy una patada al acelerador. En un instante estoy estacionando, no sin dificultad dado el tamaño del vehículo en una calle de doble mano en lo que parece ser San Isidro, quizás Avenida del Libertador.

Comienzo a caminar en dirección a un McDonalds pensando en saborear una hamburguesa con panceta, huevo, papas y todo lo que se pueda, pero siempre con la cabeza puesta en si voy o no voy a ver a Boca, en mi amigo y su madre muerta y en que realmente no estamos para fiestas.

Cuando estoy por llegar vaya a saber a donde, advierto que por el horario sería más correcto comprar facturas y compartir con mi familia. Doy vuelta sobre mis propios pasos y veo en la esquina siguiente, ahora en un sitio que bien podría ser Recoleta, aunque sus calles son de adoquines, un padre y su hijo andando en bicicleta.

El hombre completamente calvo va por delante y le hace señas a su hijo de no más de cinco o quizás seis años, con su mano izquierda que pase a un colectivo que estaba cargando pasajeros en una parada desvencijada estimo por algún temporal de lluvia de días pasados.

Interiormente solo siento que la maniobra es arriesgada e innecesaria para un niño que porta un casco enorme en su cabeza para pedalear una bicicleta diminuta y con rueditas de apoyo en la rueda trasera. Aunque no veo su rostro sé que es rubio y que en este momento tiene la cara enrojecida a causa del esfuerzo.  

Al mismo tiempo creo que voy a comprar vigilantes salados recubiertos de azúcar.

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