TENGO ALGUNOS PRINCIPIOS Y MUCHOS FINALES

Entrepiso

Por wpetina
Entrepiso: cata de vinos en la sala Mezzanine, mesa larga con invitados, arañas de cristal y cortinados oscuros (foto en blanco y negro)

Me sentaron entre varios desconocidos, que es la forma que tiene el azar de recordarte que no controlás prácticamente nada. A mi derecha, un hombre de manos anchas que miraba la copa vacía con el recogimiento de quien asiste a misa. A mi izquierda, una mujer rubia, con campera de cuero negra, un persistente aroma a tintura Koleston y el mentón apoyado en la palma, escuchando algo que parecía pasar en otra mesa imaginaria y no en esta.

La sala se llama Mezzanine, y el nombre es en sí una pequeña celebración.

Entrepiso, para los que hablamos castellano; mezzanino para los italianos, que sacaron la palabra de mezzano, lo que está en el medio. Ni planta baja ni primer piso. Me pareció un nombre honesto para un lugar donde se bebe, porque describe exactamente lo que uno es después de la segunda o tercera copa.

Antes de ser este hermoso espacio, el lugar fue un taller de repuestos para autos. Lo supe porque alguien lo contó, con una copa flauta en la mano, como se cuenta un hallazgo arqueológico: al sacar el revoque del fondo durante la obra apareció una inscripción de plantilla, descascarada, que decía ENTREPISO – STOCK CHICO. En el altillo vivían las piezas pequeñas, las que no se ven y sin las cuales nada arranca. Ahora, donde estuvo el montacargas, cuelgan dos arañas de cristal, con una delicadeza digna de un museo. Donde estuvieron las estanterías hay una mesa larga de madera clara. Algunas paredes tienen cortinados y otras son grises, y si uno mira bien, queda la sombra de una mancha de aceite que nadie quiso borrar del todo.

Éramos veinte, más o menos. Yo conocía a dos o tres personas además de los anfitriones, aunque a esta altura de mi vida sé que conocer a alguien es un estado que se me vence rápido. Llego a las cenas con la salida estudiada: a qué hora puedo decir que mañana madrugo, cuántos minutos de cortesía le debo a la mesa antes de mirar el celular sin que parezca una fuga. Mis amigos dicen que invitarme es una apuesta perdida. Yo prefiero pensar que soy un animal de cueva con buenos modales. (¿Hay algo más inútil que un ermitaño en una cata? ¿Qué pretendía, anotar mentalmente los adjetivos ajenos? ¿Y de qué me iba a servir saber quién dice “notas a frutos rojos” con convicción y quién con miedo?)

Confieso que las notas de cata siempre me sonaron un poco snob: tabaco, grafito, cuero mojado, hoja de tomatera, piedra de río. Lo del cuero mojado se lo acepto a cualquiera, pero ¿quién fue el primero que lo olió, y por qué le creímos? Aun así, sospecho que el snobismo es mi coartada. Lo que hay debajo es envidia: la de mirar a otro leer en la copa como en un idioma que yo nunca aprendí. Yo huelo, bebo, y mi cerebro recibe la información sin saber a qué cajón mandarla. La nariz avisa, el paladar avisa, y del otro lado nadie contesta. Los demás parecen tener un traductor. A mí me llega todo en bruto, como un telegrama sin remitente: algo dulce, algo oscuro, algo que ya pasó.

Una sommelier de saco negro se paró en la cabecera, levantó su copa a contraluz y nos pidió que hiciéramos lo mismo. Obedecimos con la docilidad de un grado en un acto escolar. Giré la copa. Olí. Y me pasó lo de siempre: no encontré frutos rojos ni negros ni de ningún otro color, sino un olor que no supe nombrar y que me llevó, sin pedir permiso, a una cocina de baldosas en damero, con una radio encendida, una cocina que ya no existe. Cerré los ojos un segundo. Cuando los abrí, el hombre que estaba justo enfrente de mí repetía mi acción y nos miramos con una vergüenza ajena pero tan cómplice que la hacía propia.

Después vino el segundo vino, y con el segundo empezó el fenómeno que ningún sommelier preanuncia pero que todos conocemos: la gente comienza a perder la parte que la defiende. La mujer de la campera de cuero, que durante toda la burrata no había dicho una palabra, contó que hacía tres años le mandaba a su hija un mensaje cada domingo y que la hija contestaba con un pulgar. «Un pulgar», repitió, y estiró el suyo hacia el techo, mirándolo como a una pieza de otro modelo. Alguien al fondo, del otro lado del salón, ahogó una risa. Después se rió ella. Después se le llenaron los ojos de lágrimas, respiró hondo, bebió otro sorbo, todo con la mano en el mentón, como quien no quiere que se note que se está sosteniendo.

Entre plato y plato llegó una música baja. Reconocí el pulso lento antes que la melodía: «Teardrop», de Massive Attack, del álbum que también se llama Mezzanine, el tercero de estudio del grupo de Bristol, de abril de 1998. La voz de Elizabeth Fraser flotaba sobre el bajo con la terquedad de algo que se niega a caer. Yo lo escuché por primera vez en un auto que no era mío, aunque tampoco recuerdo de quién, con todo el volumen que mi edad de entonces creía merecer, y ahora lo escuchaba en un lugar donde alguna vez se vendieron amortiguadores. Pensé en Nicholson Baker, que escribió una novela entera, The Mezzanine, sobre lo que pasa en una escalera mecánica a la hora del almuerzo, y que con un trayecto mínimo le alcanzó para meter a un hombre completo. Esa noche entendí que una cena puede hacer lo mismo con veinte.

A la tercera copa le tocó el turno al hombre de las manos anchas. Se limpió las palmas contra el pantalón antes de agarrar la copa, un gesto que le vi hacer a mi viejo con su delantal de carnicero cada vez que alguien pretendía estrecharle la mano. Contó que su padre había guardado cuarenta años una botella para una ocasión que nunca llegaba, y que cuando murió la abrieron en el velorio. Era vinagre. «La usamos para la ensalada», dijo, «y comimos todos callados». Hizo una pausa que le llevó medio minuto a la sala. «La ensalada, igual, estaba buenísima.»

La carcajada nos tiró hacia atrás a todos, como un golpe de ola. Proust necesitó una magdalena y siete tomos para recuperar el tiempo perdido; a nosotros nos alcanzaron un tinto y dos horas, y reconozco que no es una comparación justa para Proust.

Me tocó último. Abrí la boca con la idea de repetir la fórmula de siempre: “Ir a lo seguro”, “Fuerte y al medio”, que gracias, que qué lindo, que qué vinos, y lo que salió fue: «Por la ensalada». Brindamos por la ensalada.

Cuando terminó la noche quedó un último sorbo en cada copa y nadie lo tomó. Creo que fue una negociación tácita: el que lo tomaba apagaba la luz. Alguien dijo «se hace tarde» y nadie se movió. Bajé por la escalera hasta el descanso y me quedé ahí, entre un piso y el otro, hasta que alguien, algo fastidiado, me preguntó si pasaba.

Leé también: Cinco elementos, cinco sentidos: una celebración de la independencia a través del vino.

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